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El presidente de la Diputación de Valladolid, pregonero de la Semana Santa 2010, realizó un recorrido por la tradición, historia y obra religiosa de la celebración pascual

Publicado por DIPUTACION PROVINCIAL DE VALLADOLID el día 15-03-10

Ver noticia original: http://www.diputaciondevalladolid.es/prensa/notas_de_prensa_d.shtml?refbol=b394notasd&idseccion=1968&idarticulo=65839

Pregón del presidente de la Diputación de Valladolid sobre la Semana Santa 2010

El presidente de la Diputación de Valladolid, Ramiro Ruiz Medrano durante el Pregón de la Semana Santa 2010(Valladolid, 15 de marzo de 2010).- El presidente de la Diputación de Valladolid, Ramiro Ruiz Medrano, realizó el viernes 12 de marzo a las 20,00 horas  en la  el pregón de Semana Santa 2010 en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, en el que realizó un recorrido por la tradición y obra religiosa de la capital y la provincia de Valladolid.

Igualmente el presidente de la institución provincial tuvo unas palabras de recuerdo para el insigne y universal escritor vallisoletano fallecido el mismo día, Miguel Delibes Setién.

El presidente de la Diputación de Valladolid, Ramiro Ruiz Medrano durante el Pregón de la Semana Santa 2010

El presidente de la Diputación de Valladolid, Ramiro Ruiz Medrano durante el Pregón de la Semana Santa 2010

El presidente de la Diputación de Valladolid, Ramiro Ruiz Medrano durante el Pregón de la Semana Santa 2010

El presidente de la Diputación de Valladolid, Ramiro Ruiz Medrano durante el Pregón de la Semana Santa 2010


PREGÓN SEMANA SANTA VALLADOLID 2010

Ramiro F. Ruiz Medrano

Presidente de la Diputación de Valladolid

Firma del Presidente de la Diputación de Valladolid Ramiro Ruiz Medrano en el libro del AyuntamientoEsta mañana nos despertaba la noticia de que MIGUEL DELIBES, el gran escritor del siglo XX, ha fallecido.

Desde el pórtico de la Semana Santa, a la que él tanto amó, queremos trasladar nuestras condolencias a su familia.

Delibes pertenece a todos los españoles; sin embargo no hay duda de que los hombres y mujeres de esta tierra, a la que él tanto quiso y tan magistralmente noveló, nos sentimos un “poquito” más dueños de su persona y de su obra literaria. DESCANSE EN PAZ

Excelentísimo Señor Alcalde y Corporación Municipal,

Señor Administrador Diocesano, Señor Deán e Ilustre Cabildo Catedralicio,

Señor Presidente y miembros de las de Cofradías Vallisoletanas,

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades,

Señoras y Señores,

A lo largo de los años se han pronunciado pregones brillantes, pregones llenos de musicalidad y ritmo, pregones con un profundo calado espiritual; otros pusieron más hincapié en la belleza e historia de las tallas y símbolos de nuestra Semana Santa; y también, hemos escuchado pregones que intensificaron su voz en las tradiciones y en la difusión internacional de tan magno acontecimiento.

Firma del Presidente de la Diputación de Valladolid Ramiro Ruiz Medrano en el libro del Ayuntamiento

Firma del Presidente de la Diputación de Valladolid Ramiro Ruiz Medrano en el libro del Ayuntamiento

En esta tarde de invierno de 12 de marzo de 2010, ante las 19 cofradías vallisoletanas representantes de mis hermanos los miles de cofrades que las componen y que dan vida y lustre al hecho cultural, histórico y religioso más importante vivido, con la presencia de las primeras autoridades, comparezco teniendo por testigo al pueblo vallisoletano y a la compañía escultórica, que me cobija y nos preside en este Altar Mayor de la Iglesia Catedralicia Vallisoletana. Composición singular recreada para la ocasión, fruto de aquella que desfilara por vez primera en 1965, en la que al valor artístico de las tallas se sumaba, algo muy frecuente, el valor pedagógico, que servía para instruir anualmente al pueblo en el Misterio de la redención del género humano. 

Yo, en esta tarde, sólo aspiro a que mis palabras sirvan para anunciar que en la primera luna llena de la cercana primavera volveremos a sufrir, a gozar, a vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Gracias por este privilegio, gracias por este honor, por este regalo que seguramente de forma inmerecida se me ha otorgado.

 Firma del Presidente de la Diputación de Valladolid Ramiro Ruiz Medrano en el libro del Ayuntamiento

Firma del Presidente de la Diputación de Valladolid Ramiro Ruiz Medrano en el libro del Ayuntamiento 

Todo ocurrió hace más o menos 2.000 años y todo lo narrado fue real, fue vivido por personas de carne y hueso que, generación tras generación, nos han legado esa vivencia como el más precioso de los tesoros jamás trasmitido.

La Semana Santa siempre fue del pueblo, de la gente. De ese pueblo que en los orígenes del rito, allá en las postrimerías de la Edad Media, cuando los cultos se limitaban al interior de los edificios religiosos, sólo dentro de ellos podía venerar a alguna figura dramática del Crucificado. Después, vendría el deseo de exteriorizar esas imágenes, buscando reconstruir los pasajes del “Camino de la Cruz”, con los que saldría a la calle en procesión la imagen del Cristo que hasta entonces había presidido el presbiterio del templo.

Comenzaría así a “pasearse” entre la veneración de los fieles la figura del Cristo, con una finalidad diferente a la que podían tener en momentos de rogativas o de aclamaciones votivas. ¡Lástima que Valladolid no conserve ningún Cristo lacerado de dolor, de los que seguramente se paseaban por las calles durante el siglo XV! Aunque nos podemos hacer idea de cómo expresaban su angustioso calvario gracias al extraordinario ejemplar que, procedente del convento dominico de San Pablo, se guarda ahora en la localidad de Ciguñuela.

Pronto la conmiseración popular se negó a aceptar la soledad de Cristo sufriente en su Cruz y quiso descenderlo de ella para colocarlo en el regazo de su madre, buscando el aspecto más sensible del drama. Era lógico que los cuidados maternales en el momento del desenclavo y su desgarrado dolor fueran atentamente buscados por la mirada del atónito espectador de tan injusto martirio. Surge así la comparecencia pública de María en el callejero pasional.

Concretadas las dos figuras del relato evangélico, comenzó a consolidarse lentamente su representación plástica, buscando los protagonistas que, con sus fisonomías y expresiones, pudieran trasmitir al pueblo las verdades y sentimientos requeridos. Episodios más singulares o culminantes del relato pasional evangélico fueron adquiriendo forma a través del paño de lino o cartón para aligerar peso, obviando el trabajo en madera que imposibilitara ser porteado en andas. Estos pasos, de lino y cartón sobredimensionados, sirvieron a manera de ensayo, a la espera de que se tomara la decisión de fabricarlos a una escala auténticamente humana, convincente y perfecta. Cada pasaje requería la dignidad de las dimensiones apropiadas y la suficiente habilidad para hacer mover a los actores con soltura y espacio, y a la vez con la gesticulación imprescindible, para hacerlos naturales ante los ojos de quienes los contemplaban.

El momento de inflexión bien pudiera haber sido el ofrecido por Francisco Rincón a través de su obra  ‘La Elevación de la Cruz’, un paso con numerosas figuras, soldados, ladrones, Cristo, tallados en madera moviéndose libremente por el escenario aunque dentro de un esquema muy equilibrado

La devoción y su exhibición callejera se vive emotivamente entre el pueblo vallisoletano y allí, junto a los fieles expectantes, surgen los cofrades y las hermandades en función de devociones. Y después, en la calle el pueblo lloraba por el dolor de las figuras laceradas y tiraba piedras a los Sayones que azotaban a Jesús o le arrastraban sin remedio hacia el calvario.

Más tarde, cuando ya no fue costumbre desgarrarse la espalda con un látigo o tirar piedras a figuras de madera convertidas en puro arte, el pueblo, la gente, siguió saliendo a sus calles para ver “pasar la procesión”, a formar parte de ella, a seguir sintiendo que este espectáculo es, cada año, por mucho que se repita, diferente.

Cada pueblo, a lo largo de la historia, ha manifestado el sentido de la trascendencia en las coordenadas de su propia cultura. Entender las diversas manifestaciones sociales, políticas o religiosas es penetrar en el corazón de un pueblo.

No cabe duda que la Semana Santa vallisoletana es un exponente de nuestra identidad como pueblo dentro del espíritu que ha determinado una forma de ser y de comportarse el castellano.

Castilla, Castilla y León siempre ha mirado al cielo, unas veces para implorar  la lluvia, otras para que el pedrisco no arrebatara el pan de cada día. Esto ha hecho de nosotros  hombres y mujeres amasados en el dolor y en la reciedumbre de una profunda esperanza.

Nadie ha expresado esto mejor que Miguel Delibes, a quien debemos hoy un sentido recuerdo, quien escribió que: “Si el cielo de Castilla es alto, es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo”.

Delibes dedicó muchas páginas hermosas a esta ciudad y a su Semana Santa, convencido de la poderosa unión entre lo que se ve y lo que se cree: “Mi vida de escritor no sería como es si no se apoyase en un fondo moral inalterable. Ética y estética se han dado la mano en todos los aspectos de mi vida”.

Nuestra Semana Santa es la manifestación pública por las calles de Cristos sangrantes, pero jamás desesperados. Es la historia de nuestro pueblo, expresada en signos de trascendencia para someter una tierra dura, cuyos ojos siempre estaban puestos en el cielo.

La cultura popular que nuestra Semana Santa lleva en las venas, heredada de mayores y aprendida en contacto con la naturaleza, es la experiencia de los siglos de aquella actitud personal que el hombre del campo había aprendido en contacto con la naturaleza, tras siglos de lucha con ella y siglos de soledad consigo mismo.

La Semana Santa es algo más que “la Procesión” de Cristos yacentes, Vírgenes transidas de dolor, Sayones encarnizados. Es el espíritu de un pueblo que ha hecho del dolor escuela de aprendizaje y que encuentra en el “Misterio” el triunfo final y definitivo de la vida.

Más de treinta procesiones recorren durante estas fechas nuestra ciudad. Algunas son multitudinarias, como la General del Viernes Santo que este año cumple el bicentenario de su implantación; otras tienen un carácter más intimista, pero todas forman un conjunto excepcional, tanto religioso como artístico, que hacen de estos desfiles un acontecimiento del que, de una u otra manera,  participa el pueblo entero que se siente orgulloso de poner en la calle un auténtico templo abierto al arte más puro y genuino.

Múltiples vicisitudes adornan la historia de nuestras cofradías y sus componentes: Cofradías que con el paso del tiempo fueron cambiando su indumentaria, por motivos que bien merecerían un estudio más profundo. Cofradías íntimamente relacionadas con jardineros, hortelanos, con ferroviarios…  o aquellos que seguían la regla de pedir limosnas una vez a la semana y asistir a los entierros de los cofrades fallecidos, pudiendo ser, incluso, excomulgados de no cumplir sus preceptos.

Cofradías que tenían como fin ayudar y consolar a los condenados a muerte y disponerles para el bien morir y una vez ejecutados darles cristiana sepultura. Cofrades que portan pasos tan enormes que sólo unos pocos centímetros separan su salida airosa por la puerta principal de la desilusión por ver dañada su preciosa y voluminosa carroza.

Valladolid contó con un acertado grupo de cofrades que decidieron de manera providencial que los mejores imagineros de la época materializasen los simulacros de las divinas personas que debían de desfilar. Artífices de calidad y medios suficientes para realizar sus proyectos, aunque después algunos agonizarían en la miseria, fueron los responsables de que hoy podamos disfrutar de un palmarés inédito en el mundo. Que Juan de Juni o Gregorio Fernández son artistas únicos en su género, es cosa que nadie duda pero a éstos les acompañan con notable éxito, otros como:

Francisco y Bernardo Rincón,

Andrés Solanes,

Pedro de la Cuadra,

Francisco Díez de Tudanca,

Juan Antonio de la Peña,

Alonso y José de Rozas

Juan y Pedro de Ávila,

Pedro de Sierra,

Claudio Cortijo,

Juan Guraya Urrutia,

Genaro Lázaro Gumiel,

José Antonio Hernández,

Francisco Fernández León,

Miguel Ángel Tapia,

Juan Antonio Saavedra,

Ricardo Flecha,

Miguel Ángel González Jurado

Todos y algunos que viven en el anonimato configuran una auténtica obra de arte donde la armonía es la característica y singularidad más peculiar. Es una armonía perfecta que suena con belleza extrema y sin desentonar ninguno de sus acordes, aunque sean de nueva incorporación.

Gracias a esta armonía sinfónica nuestra Semana Santa tiene el reconocimiento de belleza universal, por medio de su Declaración de Interés Turístico Internacional alcanzada en 1980. Desde siempre,  cofrades y el pueblo vallisoletano se encargaron de cuidar, de mimar, de pulir tan bella joya. Alrededor de tan incuestionable grandeza de belleza y sentimiento crecen, día a día, las Semanas Santas de Medina del Campo, Tordesillas, Peñafiel, Villalón, Nava del Rey, Cuenca de Campos, Villanueva de Duero, Alaejos o Villavicencio, entre otras muchas que aportan singularidades propias de la tierra.

Y este año de 2010 Medina de Rioseco podrá también presumir de categoría máxima al ser declarada su Semana Santa de Interés Turístico Internacional. Desde Valladolid acogemos con fraternidad y enorme alegría poder compartir tan merecido reconocimiento. Valladolid es espacio único de la Pasión.

Si hablamos de la Semana Santa Vallisoletana, tenemos inevitablemente, que hablar de sentimientos. Sentimientos y vivencias que están presentes en muchos de nosotros y que, en mi caso, están profundamente ligados a mi niñez y mi juventud, a mi pueblo y mi ciudad, al silencio sentido que se oía en las calles y a mi silencio fingido roto por la impaciencia de quien quería sentirse protagonista de aquel maravilloso desfile de luz, de arte de vida y muerte.

Sentimiento y sufrimiento como el que hoy viven mujeres y hombres repartidos por el mundo acuciados por calamidades, desgracias e injusticias; unas fruto de la naturaleza y otras menos explicables que nacen de la miseria humana.

Y si es difícil hablar de los sentimientos, mucho más complicado resulta cuando éstos provienen de ese rincón del alma que se sustenta en la Fe. ¡Qué podían explicarle los demás discípulos a Tomás, que exigía pruebas, y pruebas dolorosas, para entender y creer lo que querían decirle! Sólo cuando el sufrimiento se presentó ante sus ojos pudo comprenderlo.

Mi Semana Santa es intraducible, me resigno a tratar de transmitir torpemente el sentido que para mí tiene, como vallisoletano, la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. A fin de cuentas, ya advirtió Miguel de Unamuno que sentimiento y pensamiento son inseparables:

¿Sentimiento puro? Quien en ello crea

de la fuente del sentir nunca ha llegado

a la viva y honda vena.

Y puestos a conjugar emociones y razón, la Pasión de Jesucristo nos sitúa ante una de las encrucijadas más terribles y desalentadoras de la condición humana: comprender el dolor. Ni filosofías, ni ciencias médicas, ni leyes o brujerías, nos han librado de semejante problema. Yo no sé si ese dolor es una salvaguardia del ser. Lo cierto es que, como decía Séneca, “no importa qué, sino cómo sufras” y que esto nos afecta a todos. Porque, aunque llegaran a sobrar las razones, y pudiéramos explicar por qué las cosas suceden de una u otra manera, el sufrimiento de un ser humano se multiplica a su alrededor ferozmente, y a todos nos acecha. Con ajustadísimas palabras lo expresó Jorge Manrique:

Así que no hay cosa fuerte,

que a papas y emperadores

y prelados

así los trata la muerte

como a los pobres pastores

de ganados.

Pero el Viernes Santo el mal y la muerte se descubren en toda su negrura. La incomprensión de ateos y creyentes es común: ¿Cómo puede un padre abandonar a su hijo, en medio de una noche fría, para que sufra un dolor terrible y muera? No puede. No hay respuesta humana que lo justifique. De ahí el silencio de las procesiones castellanas: no es resignación ni impavidez, es firme indignación ante la injusticia, unión incondicional con el Hombre, con mayúsculas, que sufre por todos.

El mismo silencio oscuro que precedió al instante de la muertede Jesús, roto por su fuerte grito al exhalar el espíritu, cuando según los evangelistas la tierra tembló, las rocas se rajaron y la cortina del santuario se rasgó en dos, de arriba a abajo. Ni más ni menos, ese es el escenario de nuestra Semana Santa, y así lo describió magistralmente un insigne poeta –y gran hombre– vallisoletano, Jorge Guillén, en un poema titulado precisamente ‘Viernes Santo’:

“Este cáliz apártalo de mí.

Pero si es necesario...”

Y el cáliz, de amargura innecesaria,

fue llevado a la boca, fue bebido.

La boca, todo el cuerpo,

el alma del más puro

aceptaron el mal sin resistencia.

 

Es viernes hoy con sangre:

sangre que a la verdad ya desemboca.

Y entonces...

Gemido clamoroso de final.

Un centurión ya entiende.

Lloran las tres Marías. Hombre sacro.

La Cruz.

Qué extraña relación también la de la poesía con el silencio. El silencioes para nosotros esencial en la Semana Santa. Silencio roto por un sonido casi inédito en nuestras calles. El ruido característico que producen los cascos de los caballos que acompañan al pregonero que tiene la misión de invitar a los fieles a acudir al mediodía al corazón de nuestra ciudad a escuchar el Sermón de las Siete Palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz.

Silencio roto por los sonidos de los tambores y cornetas que con fuerza, vigor y temple rasgan el aire que respiramos. O ese otro más plomizo de unos pies desnudos que se arrastran por el asfalto.

Silencio eterno, el vivido por el niño que desde la Plaza de España visionaba la procesión y, ante el paso de la primera cofradía era invitado a respetar, y al que sólo el infinito desfile de personas que componía el pueblo vallisoletano le hacía permanecer con la boca abierta y así mantener el silencio.

Silencio desgarrado por el trueno de las marchas procesionales, eco de aquel estrepitoso temblor con el que la tierra se abrió aquella noche de la Pasión. Y unido a ese silencio, todos los vallisoletanos llevamos en los huesos el frío de la Semana Santa. Que me comprenda el visitante, ni somos fríos ni el frío nos gusta. Simplemente sabemos cómo es, conocemos el tacto de su cuchilla, seca y despiadada, que puede infligir verdadero daño al hombre, al animal, a la cosecha. Un poco de fresco es sano y afina el pensamiento, pero la helada sombra castellana es cruda y angustiosa. Y para nosotros, inseparable del sufrimiento de Cristo en su Pasión. Nuestro poeta Francisco Pino, Ilustre Pregonero de la Semana Santa de Valladolid hace ya más de cincuenta años, dejó constancia en un poema de cómo Jesús nació y murió a la intemperie, pasando frío:

...El frío, mi Dios, el frío...

...Es horrible el frío...

...Y dejar el Hijo al hielo...

...Y arrecido... y...

...¿Por qué lo quieres así?..

Sí, era una noche fría cuando prendieron a Jesús. Lo sabemos porque Pedro, que había seguido de lejos a los que se lo llevaban, tuvo que acercarse al fuego que los guardianes habían encendido en el patio de la casa de Caifás. Allí, lo reconocieron enseguida, no sólo por su pinta, sino por su forma de hablar, y así se lo echaron en cara: “Tú eres de ellos”.

Y allí mismo, con el frío calándole hasta lo más hondo del corazón, tuvo que decir por tres veces que no, que él no era de ellos y que no conocía a ese Jesús. Hasta qué punto un hombre puede temer a otros hombres. Es difícil comprender el dolor, pero fácil entender el miedo que nos produce. Y  Pedro sabía que el dolor estaba cerca, aunque quizá no se hacía una idea cabal de lo terrible que iba a ser.

En este punto, es cuando el desconsuelo de Pedro desciende hasta los pozos más amargos. Él quería a su Maestro, ¿Pero lo suficiente? Jesús lo había dejado muy claro al explicarles que no había más mandamiento que amarse los unos a los otros, que no había amor más grande que dar la vida por los amigos, y que serían amigos suyos si cumplían eso que Él les mandaba.

Así lo cuenta Juan en su Evangelio,  usando en griego la palabra “ágape”, amor. Y aquí es donde Pedro siente que ha defraudado al Maestro. Porque Él ya le había avisado el día anterior: “Ya me seguirás después, donde voy ahora no puedes seguirme”. A lo que Pedro había respondido ofuscado: “¿Por qué no puedo seguirte ahora?, yo daría la vida por ti”. Ya entonces le molestó que la reacción de Jesús fuera repetir sus palabras con incredulidad: “¿Tú darías la vida por mí?”  Y ahora, la rabia de haber fallado, al ver a su Maestro preso, le hacía llorar amargamente.

A Pedro se le venía encima su condición humana, la que compartimos con él y nos hace recoger nuestro corazón humildemente ante esta celebración de la Pasión de Cristo. Porque no alcanzamos a asimilar ese único mandamiento, en apariencia tan sencillo. Cuando Pedro y Jesús resucitado conversan por última vez, el Maestro vuelve a preguntar al discípulo que si le ama, usando la misma palabra en griego: “¿Me amas?” Pero Pedro, dando a entender que no le ama como Cristo le pide, responde con un verbo diferente en ese idioma: “Sí, sabes que te quiero”. Porque Pedro no ha dado la vida por Él, y se siente incapaz de hacerlo.

Por segunda vez Jesús le interroga usando el verbo “agapao”: “¿Me amas?” Y Pedro continúa desviando el verdadero carácter de la pregunta al utilizar en su respuesta el verbo “fileo”: “Te quiero”. Así que, en la tercera ocasión, Jesús condesciende y pregunta: “¿Me quieres?” Y entonces a Pedro, vencido por su condición humana, vuelve a invadirle la amargura; le duele esta tercera pregunta, y contesta: “Sí, Señor, Tú lo sabes todo, sabes que te quiero”.

Miro con enorme dulzura la expresión viva que desprende la talla de San Pedro, esculpida por unas manos anónimas y parece que fuera él quien hoy participara en este bello pasaje que acabamos de vivir.

Al ser testigos del dolor de Cristo en la Cruz, nos invade la misma punzada de angustia, en medio de la fríanoche vallisoletana. Ningún fuego del mundo proporciona el calor suficiente cuando el hombre, enfrentado a sí mismo, no ve lo que quiere ver. Al fin, buscamos refugio en el mismo Dios, pero conscientes de que, aunque su Reino no es de este mundo, nosotros sí lo somos. Y en la vida, por muy frágil que sea, hallamos fuerza para seguir enfrentándonos a tanta muerte, como escribió Jorge Guillén en un hermosísimo soneto:

Ay, Dios mío, me sé mortal de veras.

Pero mortalidad no es el instante

que al fin me privará de mi corriente.

 

Estas horas no son las postrimeras,

y mientras haya vida por delante,

serás mis sucesiones de viviente.

Y con estas vicisitudes en el hondón del alma paseamos por Valladolid entre el final del invierno y el inicio de la primavera. Miles de vallisoletanos, de la ciudad y de la provincia, se organizan en las cofradías para sacar los pasos de Gregorio Fernández o de Juan de Juni. Temerosos de la lluvia, los cofrades aguardan cada nueva salida con la esperanza de que al día siguiente luzca un tímido sol que anime por fuera y por dentro. La gente se apiña en las aceras, en las esquinas, en las plazas, y espera paciente. En medio de la multitud, se hace posible el recogimiento. Cada uno está solo frente a esa imagen que pasa lentamente, pero todos vamos con ella.

Aquellos imagineros que crearon estos pasos maravillosos, ¿no se fijarían en los rostros de sufrimiento o de desamparo de los castellanos de entonces? La misma angustia debieron de sentir ante la Pasión para retratarla de ese modo. Y el mismo silencio invernal, y el mismo frío asesino tuvieron que sufrir en sus carnes para plasmar eso que aún hoy alimenta nuestra devoción. Así, siglos de injusticia y de muerte se acumulan sobre esos trozos de madera. Siglos de recio clima castellano y de silencio sobrecogedor.  Los que pesan sobre esos rostros y cuerpos, que en su día fueron hombres y mujeres de carne y hueso que sirvieron de modelos para los artistas. Casi siempre pertenecientes a la misma clase, la de los desheredados y olvidados por la historia.

Tras el Concilio de Trento, las representaciones gráficas religiosas se acercaron a un realismo catequizador que hubo de buscar en la gente real un poso de empatía con el fiel. Y esa gente real eran los sencillos, en muchas ocasiones los mendigos o los locos, cuyos gestos y modos ajenos al mundo coincidían con las emociones extremas que se buscaba representar.

El taller de un imaginero debía de ser una extraña cámara de maravillas: muestras de ricas telas, catálogos de vestimentas de oriente, herramientas de todas clases, y una barahúnda de carpinteros, pintores y doradores a cargo del maestro, tratando de dar forma a la madera, la humilde madera de pino que requería el momento, la estación y el pino idóneo, así como el tiempo necesario para que secara y no hiciera hendiduras después. Esa madera que es otro de los grandes símbolos de la Semana Santa: el árbol, creado por Dios en el Edén, se trasforma por la mano del hombre en la Cruz, donde el hijo del carpintero ha de morir. Así lo planteaba Francisco Pino al describir la segunda estación del Vía Crucis, ‘Jesús con la cruz a cuestas’:

“¡Qué cerca de Dios está la madera inocente! Pero ésta, la trabajada por un hombre necesitado, ¡qué lejos! Ésta es la de la cruz. Lo concebido por el hombre para tormento. Aquélla es la del árbol. Lo creado por Dios para deleite”.

Y en esta paradoja, el sufrimiento del que carga con la cruz empieza a acariciar el futuro de liberación que le espera. Aunque todavía es pronto, el Vía Crucis no ha hecho más que comenzar, y el peso de la cruz es poco para el destino que le espera: en la undécima estación, la madera y el hombre se hacen uno para siempre.

En las imágenes de siglos pasados hallamos la misma unión de madera y hombre, el rostro de los fracasados y su historia, que unidos a la Pasión del Hijo del Hombre y a la devoción de todos sus seguidores, hoy son una belleza. Así, sin más, la belleza. El mismo Pino define la Semana Santa en su pregón como una conjunción de historia, devoción y belleza.

¿Y cómo el dolor y la muertepueden producir algo bello? Todos los cristianos lo sabemos: porque la Pasión y la Muerte acaban en la Resurrección. Y en el mismo Camino al Calvario hay ocasión para un destello de dulzura: la aparición esperanzadora de Verónica para enjugar el rostro de Jesús, que tan bien supo retratar Francisco Pino en su ‘Vía Crucis’:

“He aquí la espontaneidad del buen corazón. El símbolo del desprecio de todo lo que en la época nos rodea; de todo lo que no está enraizado en el buen sentir original, en la tierra inocente: la Verónica.

–Hago aquello que me manda el corazón –dice–. Un rostro suda y el sudor se mezcla con la sangre.

¿Qué? ¿Con quién? ¿Con las turbas presentes? ¿Con los exquisitos? ¿Con los poderes que no se muestran? ¿Con los que se alejan por no ayudar?

¡Con el que sufre, simplemente, porque sufre! ¿Quién es?

¡Es el sufriente! Y le enjugo el rostro.

¡Callaos!

Ella de pronto es el centro por donde circulan todas las virtudes y es el impulso de ellas.

 Es el corazón necesario.

Es la mujer, los ojos piadosos de la tierra”.

Sí, el corazón es necesario, para que todo este dolor que desfila ante nuestros ojos tenga un sentido, el único que puede tener: el de la vida. Al final, hay que salir a celebrar que Cristo ha resucitado. No hay más opción si se cree en su palabra, y volveré de nuevo a la poesía de Francisco Pino para afirmarlo más acertadamente:

En el trigal de las palabras una

palabra se hizo mies: la de la muerte.

 

Jesús la recogió. Vedla madura,

ya gavillada en el poniente.

 

En poniente quedó. ¡Qué mies de púrpura

en campos de esperanza para siempre!

 

Cosechada por Él, se enciende, lúcida

de vida, la palabra de la muerte.

No consigo hallar mejores palabras para dar cuenta de lo que, para un castellano, puede significar la Semana Santa. La muertese enciende, lúcida de vida, y tras todo el dolor queda un huequecito, sí, para la risa. Aquella risa de Sara, la mujer de Abraham, cuando Dios vino a decirle que iba tener un hijo, que iba a engendrar vida después de noventa años de amarga esterilidad. La cosa era seria, desde luego, y seguramente no era sólo incredulidad lo que desataba en Sara esa explosión de alegría contenida. Era la risa sin más, el puro contento, la encarnación misma de la vida que la palabra de Dios le estaba anunciando. Y era la risa de alguien que había conocido el sufrimiento, en su propio cuerpo pero también en sus frustraciones más íntimas. Porque, al fin y al cabo, la Semana Santa es un momento para el escrutinio del interior, para darse un paseo por los entresijos del alma. El refranero castellano no falla: la procesión va por dentro. Y tanto. Se cuela en los huesos con el frío de la noche vallisoletana, como se le coló al propio Gregorio Fernández.

Si la tradición es cierta, helado tuvo que quedarse cuando el mismísimo Cristo atado a la columna, que él había tallado, le preguntó: “¿Dónde me viste que tan bien me retrataste?” No sabemos si el bueno de Gregorio se rió, como Sara, o se puso a temblar –de frío o de miedo–, pero acertó a responder con una verdad tan grande como indiscutible: “En mi corazón, Señor”. Tampoco sabemos si el imaginero, como Pedro, habría querido dar la vida por Él, pero sí que puso en el empeño todo lo que su arte podía dar de sí. En este sentido, le daba la razón a Francisco de Asís cuando decía que el que trabaja con sus manos es un trabajador, el que trabaja con sus manos y su cabeza es un artesano, y el que trabaja con sus manos, su cabeza y su corazón es un artista.

Éste que les habla no puede dar más razón sobre la Semana Santa, tan sólo esa del maestro imaginero: está en mi corazón. De nada habrá servido toda esta palabrería, pero puedo asegurar que ha nacido de la verdad y del amor por esta celebración vallisoletana, cuyo momento más importante, y con esto quiero terminar, es el Sábado de Gloria. Sólo en la afirmación de este hecho el hombre se libera del dolor de la Pasión, y puede, verdaderamente, celebrar su fe cristiana. Jorge Guillén, también un maestro imaginero a su modo, plasmó la resurrección de Cristo en un bello poema con el que voy finalizando, para que guíe nuestra propia procesión durante esta Semana:

Sábado.

¡Ya gloria aquí!

Maravilla hay para ti.

 

Sí, tu primavera es tuya.

¡Resurrección, aleluya!

 

Resucitó el Salvador.

Contempla su resplandor.

 

Aleluya en esa aurora

que el más feliz más explora.

 

Se rasgan todos los velos.

Más Américas, más cielos.

 

Ha muerto, por fin, la muerte.

Vida en vida se convierte.

 

Explosiones de esperanza.

¡A su forma se abalanza!

 

Por aquí ha pasado Aquél.

¡Viva el Ser al ser más fiel!

 

Todo a tanta luz se nombra.

¡Cuánto color en la sombra!

 

Se arremolina impaciente

la verdad. Triunfe el presente.

 

Alumbrándome fulgura

ya hoy mi suerte futura.

 

Magnífico el disparate

que en júbilo se desate.

 

El Señor resucitó.

Impere el Sí, calle el No.

 

Sí, tu primavera es tuya.

¡Resurrección, aleluya!

 

Sábado.

¡Gloria!

Confía

toda el alma en su alegría.

 

Valladolid, en su Semana Santa es la expresión profunda de la vida humana, manifestada en los rostros de la Virgen de la Piedad, las Angustias o de la Vera Cruz, porque en ellas está el amor de madre humana, no divinizada, dolido y doliente, porque cuando se ama, todo se entiende y se diviniza, cuando hay amor triunfa la vida y se hace presente Dios. Cuando se muere amando, ya no se muere, porque el amor es más fuerte que la muerte. Cuando se ama hasta la muerte, la muerte se convierte en Pascua. Cuando se ama hasta la muerte de amor, la Cruz se transforma en medicina contra la muerte y en fuente inagotable de vida.

La Semana Santa en Valladolid es nuestra señal de identidad; no por el tormento, sino por el sacramento; no por el horror, sino por el amor.

 

Ojalá que esta Semana Santa empecemos a ver de otra manera más comprensiva e ilusionante, a la vida y a la historia, a los acontecimientos y a las personas.

 

Señoras y señores, muchas gracias,

 

Ramiro F. Ruiz Medrano

 

Catedral de Valladolid, a 12 de marzo de 2010

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